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Casa Árabe ha elaborado el ciclo Primeros pasos del cine del Magreb, en el que se pueden ver cuatro largometrajes de Marruecos, Argelia y Túnez. Estos largometrajes son las primeras obras de realización y producción íntegramente magrebí. Con motivo de este ciclo, nos propone una breve historia del cine de cada país.

Cine Argelino Argelia es el precursor del nacimiento del cine magrebí. Las primeras producciones aparecen en la época de la independencia y de la necesidad del pueblo de modelar una conciencia colectiva con una nueva identidad nacional. Estos frescos históricos denuncian los prejuicios y los efectos del colonialismo y los excesos de una guerra en la que luchan tanto civiles como militares. En contraste con el cine colonial, exaltan un nacionalismo y sentimentalismo a menudo exacerbados. No por casualidad, el cine argelino se inicia con la creación de un comité de cine vinculado con el Gobierno Provisional de la República Argelina en 1960, y los primeros archivos fílmicos, el Servicio del Cine del A.L.N. (ejército de liberación nacional) conservan las primeras imágenes rodadas en los “maquis” durante la resistencia. Es a partir de mediados de los 70 cuando el cine argelino entra en su fase más innovadora, cuando sus autores empiezan a considerar la película no ya como herramienta de propaganda sino como obra de arte y optan por temáticas más cercanas a la vida cotidiana y a menudo tabú hasta entonces.

Cine Tunecino a diferencia de Argelia, Túnez no desarrolló una política cinematográfica integral, a pesar de varias iniciativas dispersas, la más importante la creación en 1966 del Festival Panafricano y Panárabe -las “Jornadas Cinematográficas de Cartago”-. Así, la producción cinematográfica tuvo un desarrollo muy lento y hasta mediados de los setenta – y aparte de algunas coproducciones – sólo dos cineastas fueron capaces de ofrecer algunas obras de relevancia: el pionero Omar Khlifi y Abdellatif Ben Ammar. El primer largometraje de ficción tunecino El alba (1966) de Khlifies una epopeya nacionalista, pero no dio lugar a un género, como ocurrió en Argelia. El cine tunecino no empezó realmente a interpelar la historia y el periodo de liberación nacional hasta los setenta, en el momento de la crisis socio-política. Pero entonces, más que un instrumento de propaganda, la temática histórica sirve de pretexto para denunciar, en una época en que ningún cineasta podía hacerlo de forma directa, la actualidad. La obra Risala Min Sejnan de Ben Ammar es reveladora en este sentido. El auge real del cine se produjo sólo en los años 80, con la producción de obras de una gran madurez expresiva, firmadas de la mano de cineastas como Tayeb Louichi, Mahmud Ben Mahmud, Nouri Bouzid, o Nacer Khemir, autor de la hermosa Los balizadores del desierto (1984).

Cine Marroquí Marruecos demostró desde 1945 la voluntad de crear una industria cinematográfica y una producción de largometrajes capaces de rivalizar con Egipto. En esta perspectiva se crearon en 1945 los Studios Souissi en Rabat y en 1946 los Studios Cineophone en Casablanca, que se especializaron en musicales influenciados por el cine egipcio y en coproducciones con Francia. Aparte de una experiencia aislada y muy artesanal en 1958 (Le fils Maudit, de Mohamed Ousfour), la producción cinematográfica empieza en Marruecos en la década de los sesenta. Las realizaciones de esta primera fase son escasas, pero ilustran las temáticas sociales en que se centra desde su inicio la cinematografía marroquí. A Aunque hasta los años 80, cuando el Estado decide participar activamente en la producción, está sigue restringida, en la década de los setenta comienza a vislumbrarse un lenguaje con unas temáticas (el éxodo rural, la situación de la mujer, la delincuencia…) y una estética propias que auguran una serie de obras maestras.