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-¿Mi vida? Uf. Es que ¿sabe una cosa? Mi vida no es una sola. Dos, tres… Dos o tres vidas, sí. Yo diría que he vivido dos o tres vidas.

La primera vida de Raghida Abillamaa se prolonga durante toda su infancia y parte de su adolescencia, y es la vida que uno tiene bajo el fuego. «Me tocó toda la guerra del Líbano, desde los 3 años hasta los 18», recuerda. La segunda arranca cuando estudia historia y se especializa en historia antigua y arqueología, y empieza a participar en excavaciones, en su país y en el extranjero. ¿La tercera? Esa la empezó a vivir aquí, en Barcelona.

MB -Y aquí acabó porque…
RA -Porque cuando tenía más o menos 25 años ya tenía claro que quería marcharme del Líbano, buscar otras cosas. Me sentía limitada. El caso es que en algunas excavaciones en las que participaba entonces conocí a gente de la Pompeu Fabra, y un día me invitaron a unas excavaciones en Málaga. Durante ese viaje pasé dos días en Barcelona, y entonces pensé: «Aquí; aquí es adonde quiero venir».
MB -Pero, evidentemente, en algún momento se extraviaron la historia, la arqueología…
RA -Sí, la verdad es que nunca había pensado en enseñar, pero empecé a dar clases de árabe y me sentí bien, muy a gusto, y además empecé yo misma a aprender, como pasa siempre cuando uno enseña algo, y a estudiar yo misma el árabe de una manera distinta, para dar mis clases. Y ya ve, es una aventura que no acaba. El árabe es una lengua fascinante cuando la abordas desde esta perspectiva.
MB -También parece una aventura próspera, por otra parte.
RA -Sí… Empecé a dar clases particulares y cada vez tenía más y más alumnos, y la gente estaba contenta, así que decidí fundar esta escuela, la escuela Cadmus. Con la idea de que fuera una escuela solo de árabe, no una escuela de idiomas. Y así se ha mantenido.
MB -¿No echa de menos la arqueología?
RA -¿Sabe qué me pasa siempre? Cada vez que voy a mi país. Resulta que cuando vivía allí trabajé en la reapertura del Museo Nacional de Beirut después de la guerra, lo que implicaba sacar las cosas de los sótanos, recuperar todo lo que había estado guardado durante el conflicto. Bueno, pues cada vez que voy allí y paso frente al museo siento que de alguna manera forma parte de mí, de mi historia. Durante muchos años después de empezar a dar clases seguí participando en excavaciones, haciendo arqueología, hasta que llegó un momento en que vi que era demasiado trabajo, y tuve que escoger.
MB -No es fácil el árabe, ¿no?
RA -No, no lo es, no es un idioma que vayas a dominar en dos años. Requiere tiempo, estudio, mucha constancia. Pero el árabe engancha, y además funciona con la lógica de las matemáticas, y a mí eso me parece fascinante. En cuanto le coges el truco a la dicción puedes empezar a disfrutar mucho. Además, como cualquier idioma, es una puerta de entrada a otra cultura, al otro.
MB -Tengo entendido que es la responsable de un libro bastante único. Que además utiliza en clase, para enseñar, ¿no?
RA -Se refiere a las Anécdotas de Yoha.
MB -Sí. ¿Qué tan cierto es eso de que Yoha es el Jaimito árabe?
RA -Pues debe serlo, porque todo el mundo que lee el libro me lo dice, aunque yo la verdad no conozco muy bien a Jaimito, ni sé las cosas que hace. Yoha es un personaje de la tradición oral árabe, en mi época formaba parte del imaginario de los niños, no sé ahora, no estoy muy segura. El caso es que un día me propusieron hacer la recopilación de algunos cuentos y traducirlos al castellano, hacer una edición bilingüe que sirviera como texto de apoyo para la gente que está aprendiendo el idioma. Habrá, no sé, 500 historias de Yoha. Yo recopilé 50.
MB -Y lo usa en clase.
RA -Sí, de vez en cuando. A los alumnos les gusta mucho.

Por MAURICIO BERNAL

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MARTES, 31 DE MARZO DEL 2015

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